lunes, 22 de mayo de 2017

De superheroes y genocidas


“Nunca reveles el final antes de tiempo”. Claramente esa frase habla del final. Uno lo escribe al medio y ¡ZAS! Media historia sin sentido. Es bastante lógico. Y por eso es tan interesante hacerlo al principio. Porque... o sea, uno ya sabe como termina. ¿Para que leerlo? Y mejor aun: ¿Uno es capaz de escribir algo lo suficientemente interesante como para retener al lector (en este caso, obviamente, vos) hasta el final? Veremos.

Como voy a relatar algo sobre mi en primera persona, por lo menos, ya saben que sobreviví. O algo así... Parece tonto. Tal vez lo sea. Continúen por favor.

Todo comienza y creo que termina con un sueño. Ya saben. Esas jugarretas horribles que un subconsciente hiperactivo cansado y aburrido le juega a uno. Diría sueño lucido, salvo que no solo no tenía control sino que en ningún momento me enteré de donde estaba.

Una cueva. Enorme. Bien iluminada. El techo abovedado irregular. Columnas naturales por todos lados. Llena de gente. Mucho de esto lo supe apenas se me ocurría la pregunta con esa fabulosa forma que tiene el cerebro de crear recuerdos falsos. Todos estaban sentados, agachados. Me di cuenta que tenían miedo. Estaban escondidos en la cueva. Habían algunos heridos.

Automáticamente supe que había pasado. De un modo irracional pero extrañamente lógico, los superhéroes, cuya existencia era innegable para mi, habían proclamadose de una raza superior al hombre. No importaba si era por derecho de nacimiento o por poderes obtenidos de forma accidental. De todas formas eran distintos al ser humano y, cada uno a su manera, mejor.

Habían formado una especie de alianza. Tampoco importaba a que bando pertenecían. Tres o cuatro de estos y ya podían aniquilar a un oponente cualquiera. Se unieron héroes y villanos. Se habían cansado de pelear para proteger o intentar destruir algo que era irrelevante.

Toda la raza humana, para ellos, no era mas que eso. Legiones y legiones de bebés llorones que solo sabían pedir ayuda una y otra vez cada vez que sus matanzas se les escapaban de las manos.

La primer parte había sido casi provechosa. Dejando de hacer de maestros de jardín de infantes dejando al hombre solo para que creciera. La parte en la que se aburrieron y comenzaron a esclavizarnos... no tanto.

Rápidamente se conocieron las mas aberrantes practicas. Trataron de defenderse (por algún motivo no participaba en estas descripciones) mas ellos, los otros, volaban ciudades completas por simples sospechas. Pronto no hubo nada mas que la rendición incondicional y tratar de buscar seguridad en grandes grupos.

Pero... el ser humano. Ese virus terrible que tiene esa capacidad tan notable de aprender a matar cosas. Y el enemigo en común. Ese fue, tal vez, el mayor error en su soberbia. Habían creado un enemigo que todo el mundo odiaba. No habia defensa. No habían derechos. Era un agujero del mas puro y oscuro odio que se saciaba con gritos de dolor.

A esta altura creo que me empecé a enojar. Sabía que todos éramos prescindibles. Todo nuestro sacrificio si al perder la vida alcanzaba para dar un pequeño empujoncito a la gran maquina de guerra que estábamos construyendo. Escuché que decenas de miles murieron por diez cartuchos de kriptonita. Cientos participaron en una misión suicida con la que se consiguieron unas pequeñas pero poderosas grandas magnéticas

En fin. En la próxima escena estaba entrando a las arenas exteriores de la base de los superseres.  Era un grandísimo edificio de veinte plantas rodeado por ocho círculos o arenas donde los “heores” mataban su aburrimiento batiéndose en duelo desigual contra algunos hombres. El punto mas flaco en la entrada estaba dado por una pequeña cueva permanentemente abierta. Claramente, una trampa.

Pero, para ese momento, no solo me había visto envuelto en la resistencia, sino que encabezaba la punta de flecha que serviría para el combate final. El pasillo era corto y oscuro. Pequeño. Apenas si pasaba una persona. Entré. Era un circulo, cubierto de arena. Habían grandes caños ordenados de forma concéntrica. Cinco, creo. Todo estaba manchado en sangre. Me pareció ver un escudo y una armadura de cuero al estilo gladiadores romanos.

Sin entender como me encontraba caminando por el interior de uno de los grandes caños. A mi izquierda uno de esos villanos que uno no quisiera encontrarse jamás. Omega Rojo. Me explicaba los beneficios de mantenerse ejercitado aun a pesar de las bajas en seres de mi raza que eran, como mucho, nulas teniendo en cuenta el gran numero de personas vivas. En ese momento solo me preocupaba mi vida. A mi alrededor se fue pintando una imagen. Había huesos. Claramente humanos. Limpios. Quebrados. En una de las entradas vi un liquido marrón amarillento. “Restos de mi ultima cena”. Fantástico. Un mutante forrado en adamantium flexible que comía humanos. ¿Cuánto podía mejorar el asunto?

Claramente me había enfermado la situación.

Y todo esto viene a este párrafo: En mi vida sentí un enojo tan puro y virulento. Todo estaba claro. Por primera vez entendí, sin el mas mínimo margen de duda, la situación completa. Como se había llegado y hacia donde debía ir. Fue uno de esos momentos que todos categorizariamos como perfectos. No tenía que pretender más. Simplemente debía hacer lo que sentía. Por una vez.

Corrí por  el tunel. Un hombre me alcanzó un M4A1. Di media vuelta. ¿Mini superhéroes de descarte? No me importaba. Me apoyé la carabina en el hombro, apunte y... el arma no tenía cola de disparador (gatillo). ¡Por dios! Todo era tan simple. Agarre el arma, la golpee contra la pared, volví a ubicarla y en tres tiros tenía tres enemigos muertos. Lo que siguió fue la danza de la muerte mas preciosa de la que jamás fui parte. No se bien que puede pasar cuando una fuerza imparable choca contra un objeto inamovible. Lo que si puedo decir es que pasa si dicha fuerza imparable tiene un M4A1 no es saludable pararse delante.

Un disparo, un muerto. Me sentía no solo en paz, sino económico.

Llegamos al edificio por el flanco que nos correspondía. De alguna forma habíamos llegado tarde. El edificio había sido tomado. Menos el décimo quinto piso. Ahí había un foco de resistencia. Solo sabía eso. Ni idea que fue de los otros superhéroes. Recuerden que era como la base central.

Alcanzo el ultimo piso gracias a un juego de sogas y contrapesos para nada seguro. A nadie le importa, realmente. Era realmente inmortal. Llegúe. Lo vi. Era un arbol con la distribución de los superhéroes y como existía una interconexión entre ellos. Aparentemente asesinando solo a uno, todo el resto perdería tanto poder que los dejaría a merced de los humanos... y a su inexistente misericordia.

En este momento mucho de lo que dije ya, de por si, no tiene sentido. Pero creo que hago pico con lo siguiente: En la punta de la pirámide de superhéroes estaba Spiderman, quien era realmente Meteoro Disfrazado quien, a su vez, era una compañera mía del secundario. Lo mas raro de todo esto es que no pensaba en esa joven (ahora mujer) desde que... bueno... terminé el secundario.

En fin. Tenía mi blanco. Todo seguía blanco como el agua.

Recuerdo llenarme de algo parecido a la dicha cuando viendo la foto de Spideman le juré: “Nadie te va a volver a dibujar”.

Después... algo me mató. Se que fue en el estómago y que fue mas rápido que el dolor.

Pero me di cuenta mayormente porque me había despertado. Estaba, de pronto, viendo la pared frente a mi cama, con la leve luminiscencia de un monitor encendido pero con la pantalla en negro. Tanto tiempo en la oscuridad y veía perfectamente las formas.

En mi casa había algo más. Se había perdido toda esa furia y esa sensación de claridad. De pronto no solo el sueño me había seguido a mi casa, sino que estaba seguro de que alguno de esos superhumanos estaba ahí para matarme.

Traté de calmarme y tal vez despertarme. No. Estaba despierto. No me podía calmar. Había algo y me iba a matar. Algo que seguramente ya había matado. Nada tenía sentido. Lo sabía y no lograba hacer de eso mi realidad corriendo la terrible sensación.

Y finalmente, volví a despertar. Esta vez en la realidad.